Conversando con el “Elefante Encadenado” de Bucay

Conversando con el “Elefante Encadenado” de Bucay

Seguro que alguna vez en la vida has intentado hacer algo y no te ha salido como esperabas. Y casi seguro que no lo has vuelto a intentar.

¿Te has planteado por qué renunciaste? ¿Qué excusas o justificaciones te diste a ti mismo o a los demás?

Todos somos elefantes encadenados cuando nos rendimos al fracaso y perdemos así muchas oportunidades por no saber remediarlo.

Jorge Bucay, terapeuta y escritor argentino, se hizo famoso con sus “Cuentos para pensar”, historias que ayudan a reflexionar y empezar a mejorar aspectos de nuestra vida. Cuentos que te obligan a replantearte tu manera de hacer las cosas para mejorarlas.

Uno de sus cuentos más famosos es “El Elefante Encadenado”, donde Bucay nos explica por qué actuamos como actuamos y nos hace conscientes de cómo el cambiarlo está en nuestras manos.

Este es el cuento:

De pequeño me gustaba el circo. Me encantaban los espectáculos con animales y el animal que más me gustaba era el elefante. Me impresionaban sus enormes dimensiones y su fuerza descomunal. Después de la función, al salir de la carpa, me quedaba extrañado al ver el animal atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que le aprisionaba una de las patas. La cadena era gruesa, pero la estaca era un ridículo trozo de madera clavado a pocos centímetros de profundidad. Era evidente que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo también podía tirar de aquel minúsculo tronco y huir.

— ¿Por qué no la arranca y se escapa? — pregunté a mis padres.

Me contestaron que era porque estaba amaestrado. La respuesta, sin embargo, no me satisfizo.— Si estaba amaestrado, ¿por qué lo tenían atado? — . Pregunté a parientes y maestros y pasó mucho tiempo, mucho, hasta que alguien que resultó ser un sabio me dio una respuesta convincente:— El elefante del circo no se escapa porque está atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño —.

Entonces me imaginé el elefante recién nacido y atado a una estaca. Seguro que el animal tiró y tiró tratando de liberarse. Debía terminar el día agotado porque aquella estaca era más fuerte que él. Al día siguiente debía volver a probar con el mismo resultado y al tercer día igual. Y así hasta que un día terrible para el resto de su vida, el elefante aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Desde entonces, el elefante tenía grabado el recuerdo de su impotencia. Y lo que es peor, nunca más volvió a cuestionarse ese recuerdo y nunca más volvió a poner a prueba su fuerza.

A menudo a las personas nos pasa lo mismo. Vivimos encadenados a estacas que nos quitan libertad. Pensamos que — no podemos — hacer tal cosa o tal otra sencillamente porque un día, hace mucho tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos. Entonces nos grabamos en la memoria este mensaje: — no puedo y no podré nunca — . Esta creencia autoimpuesta nos ha limitado desde entonces y no la hemos cuestionado más. Seguramente ahora somos más fuertes y estamos más preparados, pero aquel recuerdo nos frena a la hora de intentar liberarnos.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de esa estaca. Cuando a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: No puedo y nunca podré…

Jorge Bucay.

¿Eres un Elefante Encadenado?

En el trabajo, y en la vida en general, hay circunstancias donde nos comportamos como elefantes encadenados. Aceptamos límites que solamente existen en nuestra mente. Nos rendimos y resignamos con impotencia impidiéndonos a nosotros mismos progresar.

Todos buscamos mejorar nuestras circunstancias. Pero a la hora de plantearnos lograr objetivos y metas, lo hacemos sólo en función de lo que pensamos que somos capaces de hacer. Y si en algún momento del pasado hemos probado a hacer cosas sin lograr el éxito o creemos haber fracasado, es posible que hayamos grabado esa experiencia en nuestra mente como algo inamovible, incuestionable. Esto nos lleva a privarnos a nosotros mismos de cualquier segunda oportunidad.

Existen frases que atan más que una cuerda de marinero

“No soy capaz”, “No voy a poder”, “Es demasiado para mí”, etc. son etiquetas que nos ponemos, imaginarias y a la vez reales. Estas etiquetas nos impiden conseguir nuestras metas. Hay que ser conscientes de ello, aunque creamos que son solo palabras. Son algo más que palabras, son juicios acerca de nosotros mismos que inconscientemente nos llevan en una determinada dirección. Juicios que tal vez aprendimos de niños y que no han sido actualizados.

Aceptamos muchas veces que son los demás los que son capaces de hacer las cosas, de lograr retos, pero no nosotros. Y lo aceptamos con tal grado de certeza que ni siquiera nos lo cuestionamos. ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Qué hay diferente en ellos? ¿Cómo piensan ellos acerca de sí mismos? ¿A qué se atreven ellos que yo no me estoy atreviendo?

Al trabajar con personas, tanto en procesos de Formación como en sesiones de Coaching, oímos ese tipo de juicios limitantes. Son juicios que necesitamos cuestionar, desafiar una y otra vez para que nuestros clientes se desbloqueen y se abran a nuevas posibilidades. Y el primer paso para que esa posibilidad se haga realidad, es al menos contemplarla.

¿Por qué rendirse? La impotencia es momentánea.

Las cosas cambian continuamente, la vida es cambio. Así que, tal vez, si volviéramos a intentar ahora aquello que en su momento no logramos, podríamos alcanzarlo.

Lo alcanzaríamos fundamentalmente porque nosotros también hemos cambiado. Con el tiempo, seguro que hemos aprendido cosas nuevas, hemos podido transformar nuestra actitud y seguramente hemos mejorado nuestras habilidades. Es importante, por tanto, que actualicemos nuestras etiquetas, nuestros juicios, que descartemos los antiguos y tomemos conciencia de nuestra propia evolución.

Porque todo aquello que hayamos aprendido, experimentado, desarrollado… a lo largo del tiempo, nos habrá hecho más capaces, más fuertes y la pequeña estaca clavada en el suelo ya no será un obstáculo.


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